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Historia de dos parlantes

  • Foto del escritor: Marcelo R. Soza Álvarez
    Marcelo R. Soza Álvarez
  • 24 oct 2025
  • 3 min de lectura


¡Ah, el español, un océano de palabras donde cada ola trae un sentido distinto!

El español es lengua de voces múltiples, de acepciones que se abrazan y se disputan, de matices que cambian el sentido con una tilde.

Habla en susurros, pero también a gritos, en el lunfardo de una esquina y en la elegancia de un despacho; guarda en su cuerpo palabras que son puente, cuchillo y consuelo al mismo tiempo.

Es canción y argumento, es ley y poema; su gramática es mapa y su léxico, territorio infinito donde caben mil historias.

Cada región lo hiere y lo cura con su acento; cada hablante lo inventa otra vez, como quien pinta la misma luna con pinceles distintos.

Aprenderlo es descubrir un paisaje interior: rico, absurdo, preciso y tierno —una lengua que celebra la ambigüedad como fiesta.

El español no se explica del todo, se siente, y en esta narración comprenderemos juntos parte de su esencia.

¿Será que debemos atravesar varias calles antes que te calles? le dijo uno al otro

O será que debemos llamar a la secretaría para que envié una secretaria y te haga entrar en razones sobre lo que hablamos.

Si ella no puede, ¿deberé llamar al Papa?, o tal vez ¿a tu papá?

Mejor mantengamos la calma y nos sentemos en este banco que ya el banco abrirá en breve.

Una vez sentados, vi que mi acompañante arrojó un papel al suelo. Con voz enérgica le dije: —bota eso en el basurero— entre tanto le veía de reojo y limpiaba mi polvorienta bota. Él levantó la voz como recriminando -o te comportas o te callo le dije mientras le di un pisotón en el pié o tal vez en el callo, no lo sé.

Mientras descansábamos se acercó pausadamente un cura y viéndonos nos bendijo, como pronosticándonos que necesitábamos una cura para el alma después de haber escuchado los gritos.

Cuando abrió el banco, hicimos cola y entre los presentes vimos a un escuálido perro moviendo su cola despeluchada, el cánido se encontraba sobre la acera, saqué un sobre del bolsillo, donde había guardado un pedazo de pan, y se lo di. El perro me miraba desconfiado, ¿por qué me miras de esa forma? le inquirí, aunque no hablara mi idioma, me miró asustado y parecía responderme —porque no te conozco—.

Abrieron la puerta del banco, y pensé en cuanta plata debería sacar para invertir en la capital. Un negocio que había planificado hace bastante tiempo. Salí con el dinero en dirección a una joyería compré alhajas de plata como una forma de reservar algo de capital para el futuro, en caso de que el negocio saliera mal y el país no se recuperara.

Luego de esa transacción, mi acompañante y yo caminamos unas cuadras y le pregunté —¿podemos comer algo? —  me respondió —aún no tengo hambre, aun si quisiera, tengo adolorido el estómago—; entonces yo comeré —le dije—. y entramos al bar. Mientras comía le pregunté —¿ crees que el mundo cambia? — lo vi sonreír y le dije:  tu sonrisa me responde la pregunta.

—¿Dónde guardaste el silencio? — le dije. —Donde nadie lo busca— me respondió, allí se esconde el valor. Al final cansado de mis preguntas me dijo: —¿Por qué preguntas tanto? — le respondí: él porque es un porqué que guarda respuestas antiguas.

Mientras conversábamos se acercó el barman y como si adivinara o escuchara sobre el dolor de estómago dijo: —Te traigo  calentito— te lo doy con la esperanza de alegrarte el día, mi acompañante asintió con la cabeza.

Vaya garzón intrépido —le dije a mis pensamientos—.

Luego del té salimos y le expresé: Cuando llegues a casa, recuerda lo que prometiste, me vio extrañado y me dijo: —no sé cuándo hice promesa alguna—.

Nos despedimos y pensé en silencio —el mundo es grande— descubrir que el idioma, con sus tildes y significados, nos regala ecuaciones distintas en la misma palabra, es místico; entenderlos y aprenderlos es una obligación del hispanohablante.

 
 
 

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Marcelo

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